El candidato que nunca volvió

Historia del chico que quería ser cantante Tema: ilusión sin trabajo sólido

Carol F. Pijuán

4/23/20261 min read

Hace unos meses, un adolescente me habló de un amigo suyo que era cantante. Como tengo esa peligrosa afición por descubrir talentos —llámese deformación profesional o puro masoquismo artístico— le dije que me lo trajera. Eso sí: justo antes de empezar mi clase de danza moderna con tacones para mujeres de más de cuarenta. Mi tribu. Mis guerreras.

Y efectivamente, el candidato se presentó. Alto, desgarbado y con ese aire entre “me han obligado a venir” y “estoy a punto de revolucionar la industria musical sin mover un dedo”. Tras la emoción del momento —y para evitar cualquier situación incómoda— decidí empezar con unas preguntas básicas.

¿Estudios musicales?
Ninguno.

¿Dónde te ves de aquí a diez años?
Triunfando, por supuesto.

¿Apoyos?
Su familia y sus amigos, que “dicen que vale”. Inapelable.

Comenzó su audición leyendo —sí, leyendo— desde el móvil la letra de un reguetón rapeado, sin levantar la vista de la pantalla.

Sin voz.
Sin base musical.
Sin preparación.
Con muchos nervios.

Cuando terminó, respiré profundamente y le dije algo por lo que, sinceramente, debería cobrar tarifa de consultoría.

Le expliqué que hay miles de jóvenes como él. Que todavía era muy joven y no tenía una marca personal. Que los likes de TikTok no significan nada si no hay contenido real detrás.

Le hablé de presencia escénica, de actitud corporal, de formación. Incluso le mostré cómo colocar los pies y las rodillas, porque sí, incluso eso se aprende.

También le dije algo que no siempre gusta escuchar: el apoyo de padres y amigos es una red emocional valiosa. Pero si no son profesionales del espectáculo, su opinión no construye una carrera artística.

Quedamos en que volvería el jueves siguiente a las cinco de la tarde. Spoiler: no volvió.

Pero yo sí estuve allí, sin desaprender ni una sola lección de esta profesión maravillosa.

Quizá lo pete en TikTok, quién sabe. Es la quimera de una juventud que proyecta su carrera a través del vídeo.

Nuestra generación se ganó el escenario a pulso, recorriendo castings donde el “ya te llamaremos” era el equivalente emocional de una patada al ego.

Los artistas no viven de sueños.
Construyen planes.