1.Proteger al intérprete en escena
Cuando la coreografía exige más de lo que el artista puede sostener
Tema: el movimiento escénico debe estar al servicio del intérprete y de la escena
Recientemente vi en YouTube el musical Kiss Me, Kate, presentado en los BBC Proms hace unos años. A pesar del magnífico trabajo de todo el elenco y de la orquesta —sin decorados ni artificios escénicos— hubo algo que llamó mi atención.
En un momento concreto de la coreografía, uno de los protagonistas queda claramente forzado. Quizá por cansancio o por exceso de movimiento, su presencia deja de fluir y el gesto se convierte en esfuerzo.
Cuando la coreografía exige más de lo que el intérprete puede sostener con naturalidad, el espectador lo percibe de inmediato. Ese instante sugiere que el coreógrafo ha puesto más atención en el virtuosismo del movimiento que en proteger al artista dentro de la escena. No siempre se trata de añadir pasos o piruetas. A veces la verdadera inteligencia coreográfica consiste en dar seguridad y presencia a un actor, cantante y bailarín. Cuando el movimiento satura al intérprete, la escena pierde verdad.
¿Dónde falla entonces el proceso?
En la comunicación, en la dirección… y finalmente en el resultado escénico.
2.La pantalla no debe competir con el actor
Cuando el vídeo de fondo eclipsa al actor
Tema: el uso inadecuado del vídeo de fondo puede romper la jerarquía visual del espectáculo
He observado en diferentes festivales de escuelas e incluso en espectáculos profesionales un uso del vídeo de fondo que, lejos de enriquecer la escena, destruye o distrae el trabajo de los actuantes. En muchas ocasiones solamente aporta ruido visual y color innecesario. Es importante recordar que el cerebro —y en concreto la mirada— selecciona de manera inmediata aquello que considera más atractivo o dominante en el campo visual. En escena esto es determinante: si la pantalla posee más brillo, más movimiento o más contraste que el intérprete, el ojo del espectador irá inevitablemente hacia ella.
Me ocurrió recientemente viendo los saludos finales de una compañía consolidada. Cada actor salía a saludar individualmente mientras su nombre aparecía proyectado en la pantalla del fondo. La intención era probablemente subrayar el reconocimiento a cada intérprete, pero el resultado fue el contrario: el espectador leía el nombre en la pantalla en lugar de mirar al actor que estaba saludando. Lo que debía ser un efecto de apoyo se convirtió en un estorbo.
En escena, todo elemento visual establece una jerarquía. Si el vídeo no está cuidadosamente integrado en la dramaturgia visual, puede competir con aquello que debería ser el centro: el actor, el cuerpo vivo, la acción presente. El vídeo puede ser una herramienta poderosa, pero solo cuando dialoga con la escena y no cuando intenta imponerse a ella. Cuando se utiliza como simple decoración o estímulo visual permanente, corre el riesgo de romper la concentración del espectador y diluir el trabajo escénico.
La pregunta que conviene hacerse siempre es sencilla: ¿este vídeo ayuda a mirar al actor o me obliga a dejar de mirarlo?
3.El conjunto por encima del lucimiento individual
Cuando el intérprete rompe la unidad para destacar
Tema: en el trabajo de conjunto la fuerza escénica nace de la precisión colectiva, no del protagonismo individual
A lo largo de mi vida profesional he tenido que ajustar el talento diverso de los artistas que han trabajado conmigo. En un elenco siempre conviven capacidades distintas, personalidades distintas y también distintas formas de entender el escenario. Sin embargo, cuando se busca la fuerza del conjunto, no se puede olvidar que el resultado final depende de la unidad y no del lucimiento individual.
En un número coral, cada intérprete forma parte de una arquitectura escénica. El público no debería ver individualidades compitiendo entre sí, sino un cuerpo común que se mueve con la misma intención, el mismo ritmo y la misma medida.
Un ejemplo muy claro se encuentra en los trabajos de kick-line, como el de las famosas Rockettes del Radio City Music Hall de Nueva York. En ese tipo de coreografía sería impensable encontrar una pierna más baja —o más alta— que otra en el momento de máxima elevación. La fuerza del efecto reside precisamente en la igualdad, en la exactitud de la línea, en la simultaneidad del gesto.
Sin embargo, he observado muchas veces cómo algún bailarín decide levantar la pierna más de lo estipulado para destacar por su individualidad. Ese pequeño gesto, que quizá pretende demostrar mayor capacidad técnica, rompe inmediatamente la armonía del conjunto.
El resultado nunca es positivo. La diferencia, el carácter o el virtuosismo encuentran su lugar en un solo, no en un trabajo coral.
En escena, el conjunto exige una forma particular de disciplina: respetar la línea común y la dirección marcada por el coreógrafo. Porque cuando todos sostienen la misma medida, la escena gana una fuerza que ningún lucimiento individual puede igualar.
4.La vigilancia invisible de la escena
Un pequeño descuido rompe la ilusión y el trabajo del espectáculo
Tema: el cuidado de la escena no termina en el ensayo: la atención permanente del equipo técnico y artístico es esencial para la calidad del espectáculo
Hace un tiempo asistí como espectadora a la representación de un musical en Barcelona. Durante el primer acto observé que a uno de los protagonistas se le había roto el pantalón negro, dejando ver claramente un calzoncillo blanco. Era un detalle muy visible desde la sala y, por tanto, una distracción evidente. Me contuve de avisar. Asistía como público y, además, siempre he respetado el trabajo de los equipos que considero profesionales.
Sin embargo, al comenzar el segundo acto comprobé con sorpresa que el agujero en el pantalón seguía allí. Aquello ya no era un simple incidente momentáneo: se había convertido en una distracción constante que debilitaba la calidad de la representación y rompía la ilusión, incluso la concentración, escénica.
Al finalizar la función me acerqué discretamente a la mesa de luz y pedí a los técnicos que avisaran al backstage. No lo hice desde la crítica, sino desde el compañerismo: era un problema fácil de solucionar si alguien del equipo lo advertía.
Lo que más me sorprendió fue comprobar que nadie del equipo de producción se había percatado del incidente durante toda la función.
La escena necesita una vigilancia silenciosa y constante. No solo por parte de los intérpretes, sino también de quienes la sostienen desde fuera: técnicos, regiduría, vestuario y producción. Cuando esa atención falla, incluso un pequeño detalle puede romper la concentración del espectador y debilitar el cuidado que todo espectáculo merece.
5.Respetar la autoría
Publicar una obra no significa renunciar a ella
Tema: compartir trabajo en redes no justifica la copia literal
Recientemente vi en Instagram una publicación de una coreógrafa de Broadway en la que aparecía un vídeo comparativo: en una parte se veía su coreografía original y, en la otra, a un coreógrafo utilizándola literalmente durante un curso en España.
Lo más sorprendente no fue solo la copia, sino algunos de los comentarios que acompañaban la publicación. Entre ellos se leía la idea de que, si un artista decide publicar su trabajo en redes, debe asumir que deja de pertenecerle y que cualquiera puede utilizarlo libremente. Como si compartir una obra equivaliera a renunciar a su autoría.
Esa lógica resulta preocupante.
Entre colegas y compañeros de profesión debería existir un principio básico: respetar la autoría. Las redes sociales son una herramienta de difusión, no un espacio donde el trabajo pierde su origen o su creador.
Además, toda publicación digital contiene un registro temporal que deja constancia de cuándo fue creada y difundida. Ese “time stamp”, junto con los metadatos del archivo, establece una huella clara de la autoría.
Otra cosa muy distinta es la inspiración. En el arte es natural que un creador inspire a otro. La historia de la creación está llena de influencias, referencias y diálogos entre artistas.
Pero inspirarse no es copiar.
También se suele decir que un artista ayuda a otro artista. Y esa ayuda comienza por algo esencial: reconocer y respetar el trabajo del otro.
6.El compromiso en el escenario
Cuando los conflictos personales interrumpen el trabajo colectivo
Tema: ser profesional de la escena exige responsabilidad compartida
Durante uno de mis estrenos ocurrió una situación que nunca he olvidado. En pleno ensayo general tuvimos que detener el trabajo porque faltaban dos bailarines en escena. Nadie sabía dónde estaban.
Al poco tiempo supimos que ambos se encontraban en los camerinos discutiendo por algo tan cotidiano como el turno de uso de la lavadora. Aquella discusión, aparentemente trivial, había escalado hasta el punto de detener un ensayo decisivo a pocas horas del estreno.
Tuve que intervenir apelando a la profesionalidad de ambos y también a su exceso de protagonismo en un momento clave para toda la compañía.
En medio de la conversación, una de las partes se deshizo en sollozos y trató de justificarse contando que su padrastro la había maltratado. Escuchar aquello, naturalmente, conmueve a cualquiera. El escenario y el trabajo artístico no están hechos de máquinas, sino de personas con historias, emociones y heridas.
Pero también estamos en un ámbito de trabajo.
Le respondí con la mayor serenidad posible que lamentaba profundamente lo que había vivido, pero que no podía castigar a todo un equipo por algo que pertenecía a su historia personal. Estábamos allí para trabajar y el estreno era al día siguiente.
Creo que lo entendió.
En una compañía conviven sensibilidades muy distintas, y es necesario saber escucharlas. Pero también es imprescindible entender que el momento del trabajo colectivo exige una responsabilidad compartida.
Las rencillas, las tensiones o los conflictos personales pueden existir —porque forman parte de la vida—, pero deben quedar para después, nunca antes de una escena ni en medio de un proceso que pertenece a todos.
7.Corregir no es humillar
La autoridad en el ensayo no justifica el desprecio
Tema: mejorar el trabajo del intérprete sin deteriorar su dignidad delante del grupo
Las correcciones en un ensayo forman parte natural del proceso creativo. Son necesarias para afinar el trabajo, ajustar la escena y hacer crecer al intérprete. Pero conviene recordar siempre que una corrección está para mejorar, no para humillar.
En el trabajo escénico la autoridad del director o del maestro es evidente, pero esa autoridad no puede convertirse en un cheque en blanco para desprestigiar a un artista delante de sus compañeros.
Incluso grandes figuras han pasado por situaciones así. La propia Gwen Verdon, una estrella consagrada del teatro musical, relató cómo en un ensayo de teatro de texto fue corregida de manera humillante por un director delante de todo el elenco. Si algo así puede ocurrirle a una artista de su talla, resulta fácil imaginar lo que puede suceder en contextos menos consolidados.
Las correcciones individuales, hechas con claridad y con cierto sentido del humor, suelen aliviar la tensión natural del ensayo. Permiten señalar el error sin convertirlo en una exposición innecesaria. El intérprete entiende lo que debe mejorar y el clima de trabajo se mantiene sano.
Lo contrario solo incrementa el conflicto.
La disciplina es necesaria en cualquier proceso escénico, pero disciplina no significa dureza gratuita ni descalificación pública. Significa exigir lo mejor de cada uno dentro de un marco de respeto.
Sin embargo, esta confusión sigue existiendo. Todavía ocurre en aulas y salas de ensayo donde algunos maestros corrigen únicamente desde lo negativo y rara vez encuentran una palabra de reconocimiento cuando algo está bien hecho.
Y sin embargo, el trabajo artístico también se construye desde ahí: desde saber señalar lo que debe mejorar, pero también desde reconocer aquello que ya funciona. Porque ambas cosas forman parte del verdadero oficio de dirigir y enseñar.
8.La memoria del primer trabajo
El agradecimiento también forma parte del oficio
Tema: reconocer las primeras oportunidades profesionales es una forma de respeto
A veces se oye decir, con cierta ligereza, aquello de: “era joven y necesitaba el dinero”. Se utiliza como explicación —o incluso como excusa— para referirse al primer coreógrafo o director que ofreció una oportunidad profesional.
Sin embargo, conviene recordar algo sencillo: en ese momento el artista no sabía todavía lo que sabía después, y aun así cobró como profesional desde el primer día.
Al mirar hacia atrás, algunos artistas veteranos parecen olvidar deliberadamente ese primer gesto de confianza. Con el tiempo, la trayectoria personal puede crecer, cambiar de rumbo o alcanzar mayor reconocimiento, y eso forma parte natural de una carrera artística. Pero nada de eso borra el hecho de que alguien decidió abrir una puerta cuando todavía no había demasiadas razones para hacerlo.
El artista no pertenece al director que le dio trabajo. Tampoco su destino ni su mérito. Cada trayectoria se construye con el propio talento, el esfuerzo y las decisiones personales.
Pero el agradecimiento y la elegancia también forman parte del oficio.
Ser respetuoso con quienes estuvieron al principio no significa quedar en deuda eterna; significa simplemente reconocer que en algún momento alguien confió. Y en el mundo de la escena, donde las trayectorias se cruzan una y otra vez, conviene no olvidarlo.
Porque en este oficio las posiciones cambian. Quien ayer ocupaba un lugar puede aparecer mañana en otro muy distinto. Y a veces, por no haber sabido estar entonces, se puede comprometer una oportunidad futura.
La memoria, la gratitud y la cortesía profesional suelen ser, también, buenas aliadas para cimentar una carrera.
Apuntes de dirección
9.La genialidad colectiva de Bruno Mars
El espectáculo total no es suma de talentos, es dirección
Tema: El movimiento colectivo como decisión artística frente al individualismo
En una industria musical que hoy se conforma con el “me gusta” inmediato y el algoritmo de quince segundos, lo de Bruno Mars y The Hooligans no es solo música; es una bofetada de profesionalidad. Mientras aquí nos perdemos a menudo en el virtuosismo individual o en puestas en escena que confunden la sencillez con la desgana, Mars pone sobre la mesa el concepto de espectáculo total.
Nada es fácil ni llega por arte de magia. Mars creció en un contexto de precariedad extrema —llegó a dormir en un coche con su hermano—, pero con una base familiar que le sostuvo. Ese trasfondo es el que forja el rigor. Y ese rigor se traduce en una dirección clara: el movimiento no adorna, estructura.
Su visión brilla precisamente en cómo se adopta la coreografía: el conjunto respira en sus espacios sin dejar nada a la improvisación. No se trata de ejecutar pasos complejos, sino de construir movimientos coherentes. Por eso un tema como “I Just Might” se replica en miles de vídeos domésticos; no es una moda, es una necesidad de conexión.
Mars ha sabido absorber lo mejor del funk clásico y del soul más puro para revalorizar lo esencial del escenario. Sin embargo, en nuestro país, ese movimiento colectivo sigue siendo una batalla entre egos, falta de dirección y, sobre todo, una alarmante carencia de visión de espectáculo.
Tenemos músicos excepcionales, pero persiste el miedo a la unificación. Se confunde la caracterización profesional con un “disfraz barato”, sin entender que coordinar una estética hasta que el gesto sea síncopa no resta identidad: la eleva.
La facilidad con la que Mars integra a sus coros, o la simbiosis con Anderson .Paak y The Hooligans, revela una genialidad poco común. Es generosidad artística: comprender que el brillo del conjunto es lo que proyecta la verdadera calidad. Es respeto al espectador. Lograr que un equipo humano se mueva como un solo organismo no es casualidad: es dirección. Por eso lo sigo. Porque un artista inspira a otro artista, y hace falta pulso, gusto y criterio para reconocerlo.
Si tuviera 20 años, preferiría ser coro de Bruno Mars antes que solista de un proyecto contemporáneo indefinido. Porque sabría que formo parte de algo extraordinario en el momento adecuado. La diferencia la marca la genialidad. Y aquí la hay.
Por eso se puede ser sexagenaria y entender que la música de Mars entra en vena desde un legado cultural que hunde sus raíces en lo mejor de la tradición americana. Y seguiré aquí para verlo evolucionar y aplaudir su osadía, pese a todo lo que la vida le haya puesto delante.
Porque a veces la industria no sabe leer ese potencial.
Y porque incluso Motown —que construyó un imperio sobre el talento— no supo ver el suyo. A veces, no ser entendido a tiempo es exactamente lo que permite ser uno mismo.
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