Ser artista es un plan, no un sueño

Un plan hecho de horas de ensayo, voluntad y decisiones que casi nadie ve.

El talento puede abrir una puerta.
Pero es el trabajo el que construye una carrera.

El escenario no pertenece a quien lo imagina.
Pertenece a quien aprende con determinación su oficio.

Historia del chico que quería ser cantante
Tema: ilusión sin trabajo sólido

Hace unos meses, un adolescente me habló de un amigo suyo que era cantante. Como tengo esa peligrosa afición por descubrir talentos —llámese deformación profesional o puro masoquismo artístico— le dije que me lo trajera. Eso sí: justo antes de empezar mi clase de danza moderna con tacones para mujeres de más de cuarenta. Mi tribu. Mis guerreras.

Y efectivamente, el candidato se presentó. Alto, desgarbado y con ese aire entre “me han obligado a venir” y “estoy a punto de revolucionar la industria musical sin mover un dedo”. Tras la emoción del momento —y para evitar cualquier situación incómoda— decidí empezar con unas preguntas básicas.

¿Estudios musicales?
Ninguno.

¿Dónde te ves de aquí a diez años?
Triunfando, por supuesto.

¿Apoyos?
Su familia y sus amigos, que “dicen que vale”. Inapelable.

Comenzó su audición leyendo —sí, leyendo— desde el móvil la letra de un reguetón rapeado, sin levantar la vista de la pantalla.

Sin voz.
Sin base musical.
Sin preparación.
Con muchos nervios.

Cuando terminó, respiré profundamente y le dije algo por lo que, sinceramente, debería cobrar tarifa de consultoría.

Le expliqué que hay miles de jóvenes como él. Que todavía era muy joven y no tenía una marca personal. Que los likes de TikTok no significan nada si no hay contenido real detrás.

Le hablé de presencia escénica, de actitud corporal, de formación. Incluso le mostré cómo colocar los pies y las rodillas, porque sí, incluso eso se aprende.

También le dije algo que no siempre gusta escuchar: el apoyo de padres y amigos es una red emocional valiosa. Pero si no son profesionales del espectáculo, su opinión no construye una carrera artística.

Quedamos en que volvería el jueves siguiente a las cinco de la tarde. Spoiler: no volvió.

Pero yo sí estuve allí, sin desaprender ni una sola lección de esta profesión maravillosa.

Quizá lo pete en TikTok, quién sabe. Es la quimera de una juventud que proyecta su carrera a través del vídeo.

Nuestra generación se ganó el escenario a pulso, recorriendo castings donde el “ya te llamaremos” era el equivalente emocional de una patada al ego.

Los artistas no viven de sueños.
Construyen planes.

1.El candidato que nunca volvió

Lo que nadie te cuenta del escenario

2.Cuando ensayar era todo

Recuerdo de juventud y vocación
Tema: constancia y construcción de una carrera

Hace unas semanas digitalicé una película de Rosa Infantes en la que aparecemos Cari Navarro y yo, con no más de quince años, bailando El vals de las sílfides de Chopin. Hablamos de los años setenta. Por entonces ya me habían asignado el papel de chico, algo bastante habitual en academias donde escaseaban los varones.

Visto hoy, aquel baile tenía más entusiasmo que técnica. Pero también tenía algo que con los años se vuelve muy valioso: el candor de quien empieza.

Cari me envió también unas fotografías que yo no tenía. Están hechas en la calle Cantabria, en Barcelona, delante de la mercería Domy y del estudio donde me hicieron las fotos de la primera comunión, aquel año en que a todos les dio por vestirnos de corto. Diría que eran tiempos felices. Al menos, medianamente felices. En Sant Martí de Provençals tampoco había demasiados alicientes para las adolescentes con ganas de bailar. Hacerlo ocupaba todo nuestro tiempo libre. Ensayábamos sábados y domingos como si nos fuera la vida en ello.

Te lo digo claramente: si no te gusta ensayar, esto no es para ti. Es absolutamente esencial repetir para perfeccionar.

Con el tiempo cada una siguió su camino. Yo siempre amaré el ballet clásico, pero acabé encontrando mi lugar en el jazz dance y en el espectáculo. Allí pude convertirme en protagonista de mi propia historia. Hoy puedo decirlo con orgullo y sin falsa modestia: ese lugar lo gané trabajando. Aprendiendo el oficio. Defendiendo mi vocación hasta convertirla en una profesión. Mi vocación dejó de ser un sueño porque, en realidad, siempre fue un plan.

Y cuando escucho esta música vuelvo a sentir la emoción del primer día que la llevamos al escenario.
Porque las carreras artísticas no se sueñan: se ensayan.

3.Demasiado alta para el ballet

El caso de una alumna desmotivada
Tema: mala pedagogía y prejuicios físicos

Estoy en la peluquería, esa intensa red social por antonomasia donde la proximidad obligada suele acabar en confesiones inesperadas. Una señora cuenta que su hija ha abandonado la danza por lo que llama “cansancio emocional”. El motivo, según explica, fue la sentencia de su profesora durante la preparación de una coreografía: la niña es demasiado alta y no sabe dónde colocarla en el conjunto. Dicho, además, delante de sus compañeras.

Esa frase me atravesó con una punzada que venía de muy lejos, de más de cincuenta años atrás. Creía que ciertas ideas habían quedado enterradas con el tiempo, pero a veces reaparecen por caminos inesperados.

Ser “demasiado alta” jamás debería ser una razón para desalentar a una alumna en un contexto educativo. Cuando no se respeta al alumno, difícilmente puede hablarse de verdadera enseñanza.

La autoridad de un profesor tiene un peso enorme: puede estimular una vocación o destruirla. Y esa responsabilidad no debería ejercerse desde el descarte.

En la escena profesional, las diferencias físicas no siempre son un problema. Muchas veces son una ventaja. Las piernas largas, por ejemplo, han sido históricamente una gran virtud en el espectáculo comercial. Basta recordar a figuras como Cyd Charisse o Ann Miller. El arte escénico siempre ha sabido encontrar lugares donde cada cuerpo tiene sentido.

Otra cosa muy distinta es cuando hablamos de niñas y adolescentes que practican danza por afición. En ese contexto, la función del profesor no es excluir, sino orientar.

Quizá la verdadera pregunta no sea si algunas alumnas son demasiado altas.

Quizá ciertas mentalidades se han quedado demasiado bajas.

A quienes empiezan —y a sus padres— les diría algo muy sencillo: No confundan la exigencia del arte con la limitación impuesta por una mirada estrecha.

Busquen maestros que enseñen el camino, no guardianes del centímetro.

4.Elegir profesor

Elección de centro de estudios: amor a primera vista
Tema: elegir con quién aprender

Cuando tenía mi Escola Carol Dansa en Salou, a veces preguntaban a mis alumnas qué actividad extraescolar hacían. Y ellas respondían algo que siempre me hacía sonreír:

—Yo, los martes y jueves, hago Carol.

Detrás de la ternura que inspira esa frase hay un hecho incontestable: los alumnos se quedan con quien les guía, les protege y les inspira, independientemente de que las instalaciones sean de lujo o más humildes. De hecho, siendo todavía muy joven, en un centro cívico de Sant Martí, ya tenía mi pequeño grupo de alumnas fieles. Ni grandes estudios, ni espejos infinitos, ni suelos espectaculares. Solo ganas de bailar… y alguien que acompañara ese impulso.

Durante muchos años los padres me han preguntado dónde llevar a sus hijos a estudiar danza.

Y siempre les he respondido lo mismo:

Pide probar una clase. No verla.

Nadie va a un restaurante a contemplar cómo comen los demás. Hay que probar.

Entra en la clase. Observa cómo trata el profesor a los alumnos. Mira si están tensos o si están entregados. Si hay respeto. Si se respira amor por el arte… y también por quienes lo aprenden.

Y pregúntate algo muy sencillo:
¿qué sientes en esa clase?
¿qué aprendes?
¿te inspira esa persona?
¿te gustaría parecerte a ella?

Porque cuando ese clima no existe, cuando la técnica se vuelve rigurosa sin humanidad, aparece lo que yo llamo la “antigua disciplina soviética”. Y esa, por excelente que sea, no siempre construye carreras. A veces las destruye.

Frases como “no eres suficientemente buena” o “no llegarás a nada” muchas veces nacen más de las frustraciones del enseñante que de una observación objetiva.

Además, conviene recordar algo importante: no todos los alumnos quieren hacer una carrera artística. Algunos simplemente necesitan un lugar donde descubrir su capacidad motriz, expresión y aprender a quererse un poco más. También para ellos debería existir la oportunidad de practicar su afición preferida sin más expectativas. En un ambiente de compañerismo y complicidad.

Por eso, a la hora de elegir escuela, confía también en algo muy simple: la química.

Si admiras al profesor, si te acoge sin elitismos y te hace amar el trabajo más que el resultado… entonces tienes mucho a tu favor.

Las escuelas importan.

Pero, al final, los alumnos siempre recuerdan a quien les enseñó a creer en sí mismos.

5.La mala madrina

Carta de una profesora de danza
Tema: proteger la infancia a través del arte

No soy abuela. No soy madre.
Solo soy, como me gusta decir con ironía, la “mala madrina” de un sobrino al que apenas veo.

Sin embargo, a lo largo de mi vida he hecho felices —gratis o pagando— a muchas criaturas. Y esa capacidad de ilusionar, de acompañar e incluso de ayudar a realizar algún sueño, compensa cualquier suspenso familiar. Siempre he conectado muy bien con los niños.

He trabajado en escuelas de danza, colegios, AMPAs, asociaciones culturales y también en animación turística. En todos esos lugares había una prioridad muy clara: su seguridad y su felicidad. Con los años comprendí algo importante: la danza puede ser muchas cosas. Puede formar artistas, sí. Pero también puede ofrecer algo más sencillo y más necesario.

Un lugar seguro.

A veces una niña no necesita convertirse en bailarina profesional. Un niño, desea explorar su curiosidad artística. Solo necesitan un espacio donde sentirse capaces, escuchados y valiosos.

Un lugar donde no caer de una pirueta no sea un fracaso, sino un aprendizaje.
Donde un salto nuevo sea una pequeña victoria.
Donde salir del rincón de los avergonzados sea ya un triunfo.

En ese pequeño universo del aula de danza ocurre algo extraordinario: durante un rato, el mundo exterior queda suspendido.

Y aunque el mundo no deje de ser un lugar complicado, en esos momentos ocurre algo importante.

Protegemos aquella infancia de los horrores del mundo.

Con eso, a veces, ya es suficiente.

6.No persigas sueños, domínalos

Un consejo antes del casting
Tema: la diferencia entre ilusión y preparación

Hace unos meses, un querido compañero de viejas batallas —director, coreógrafo y coach de artistas— lanzaba un aviso ácido a los candidatos de un casting en su perfil de Instagram. Venía a decir algo muy simple: cuando acudís a una audición y no os aceptan, os sorprendéis. O peor aún: os ofendéis.

Relataba, con cierta ironía, la decepción casi patética de quien llega convencido de que va a triunfar porque los vecinos, los amigos y la familia llevan meses dándole palmaditas en la espalda diciendo lo bueno que es. Y claro, cargado de autoestima en modo “ahora sí”, vuelves a darte contra la pared.

Su consejo era de puro sentido común: Prepárate. No pidas una segunda oportunidad media hora después de haber fallado. En ese tiempo no has mejorado. Y sobre todo, no te ofendas si no te eligen. A menos que te baste la opinión del vecindario para creer que estás destinado al triunfo.

Ilusiones hemos tenido todos los que pasamos horas ensayando cada día. Pero también aprendimos pronto que elegir esta profesión implica asumir una responsabilidad enorme. La vida del artista empieza precisamente cuando abandonas la comodidad de lo conocido.

El aplauso afectuoso de tu entorno no sirve como medida.

El positivismo, las velas, las medallitas o las supersticiones tampoco ayudan a superar un casting.

Lo que funciona es el trabajo. El profesional —o quien quiere serlo— es contundente. No es el bufón simpático de las reuniones familiares.

Nadie elegiría a un cirujano solo por su carisma. Lo elegiría por su preparación.

En el escenario ocurre exactamente lo mismo. Por eso mi consejo es muy sencillo: Elige bien a tus maestros. Que sepan decirte lo que realmente te vas a encontrar.

Ten un plan y trázalo con cabeza. Se trata de tu vida.

Acepta que a veces pasarás hambre —metafórica o literal— y que no siempre habrá un hombro donde llorar. Y si no funciona, reinvéntate.

Pero nunca confundas ilusión con preparación. Porque los sueños, en esta profesión, no se persiguen.

Se dominan con trabajo.

7.Enfangarse por una profesión digna

Opiniones desde el palco
Tema: la realidad del trabajo artístico

Hace unos días defendí públicamente a una artista que estaba siendo duramente criticada. No es la primera vez que ocurre. En el mundo del espectáculo abundan los juicios rápidos y las opiniones contundentes de quienes observan desde fuera.

Desde el palco todo parece muy sencillo. Pero quienes trabajamos en esto sabemos que la realidad es bastante distinta.

Detrás de un número musical, de una coreografía o de una actuación hay muchas horas de trabajo, decisiones difíciles y una constante negociación con las circunstancias. A veces hay que aceptar proyectos imperfectos, adaptarse a modas que no siempre compartes o moverte dentro de una industria que no siempre es justa. Muchos trabajadores del espectáculo hacen cada día lo mismo que ocurre en otros sectores: bajan la cabeza, cumplen con su trabajo y siguen adelante.

No para cumplir un sueño romántico, sino para sostener una profesión.

Desde fuera es fácil opinar. Lo difícil es enfangarse.

Porque el escenario, como cualquier otro trabajo, también es un lugar donde se gana el pan.

Y hacerlo con dignidad ya es bastante mérito.

8.El día internacional de la danza es de todos

Defender una celebración abierta
Tema: la danza como arte inclusivo

En 2016 el doctor Alkis Raftis, presidente del Consejo Internacional de la Danza (CID-UNESCO), publicó un mensaje muy claro para conmemorar el Día Internacional de la Danza: esta celebración debía llegar al mayor número de personas posible.

La danza, por naturaleza, es inclusiva.

Sin embargo, en algunos lugares ocurre algo curioso. Una fiesta pensada para compartir acaba gestionada como si perteneciera a unos pocos. Durante años he observado cómo en distintos municipios de Tarragona la celebración del 29 de abril quedaba en manos de asociaciones privadas que decidían quién podía participar y quién no. Y eso contradice el espíritu mismo de esta jornada.

El Día del Libro no es solo para los socios de una biblioteca.
El Día contra el Cáncer no pertenece únicamente a los hospitales.

Del mismo modo, el Día de la Danza no debería ser patrimonio exclusivo de academias o colectivos profesionales. También bailan —y mucho— los centros cívicos, las AMPAs escolares, las asociaciones culturales, los grupos amateurs o quienes simplemente aman moverse al ritmo de la música.

A lo largo de mi vida he enseñado danza en escuelas privadas, asociaciones culturales y proyectos sociales. He visto cómo el arte puede cambiar la vida de una persona tanto en un gran escenario como en una pequeña aula de barrio.

Porque la danza no es solo una profesión. También es una forma de expresión, de comunidad y de alegría compartida.

El 29 de abril debería recordarnos precisamente eso: que bailar no necesita permiso de ninguna entidad. Es el día de cualquiera que ame la danza. Todo lo demás, simplemente, la empobrece.

9.Coreógrafa, dices

Lo que nadie ve del trabajo
Tema: la verdadera responsabilidad de dirigir un espectáculo

Muchas personas creen que el trabajo de un coreógrafo consiste en inventar bailes. Sería bonito que fuera solo eso. Pero la realidad es otra.

Cuando das el paso de coreografiar un espectáculo, tu trabajo deja de ser únicamente creativo. Empieza algo mucho más complejo: resolver problemas. Un coreógrafo tiene que saber de vestuario, de música, de iluminación y de ritmo escénico. Tiene que recortar números demasiado largos, adaptar coreografías a las capacidades reales de los intérpretes y prever lo que puede fallar. Porque siempre algo falla.

También tiene que mediar entre egos, tensiones de pareja, rivalidades o cansancio acumulado después de muchos pases diarios.

Sabes la hora que entras, pero no a la que sales.

En ese lugar el coreógrafo se convierte en algo más que un creador: es un puente entre empresa y artistas. Alguien que protege al equipo, toma decisiones rápidas y evita que los problemas lleguen al escenario. En este oficio tienes que ser, muchas veces, el lugar seguro de alguien. Para sobrevivir a todo eso hay que fabricarse un impermeable emocional. No para dejar de sentir, sino para poder seguir trabajando.

Ser coreógrafo es mucho más que juntar pasos. Es asumir una responsabilidad enorme para que, cuando se levante el telón, la empresa se sienta satisfecha, el equipo funcione y el público solo vea lo que importa: la magia del espectáculo.

No es selección por talento, es abuso
Tema: reconocer los límites en la formación artística

En la formación artística existe una confianza natural entre profesor y alumno. Se trabaja con el cuerpo, con la proximidad y con la disciplina. Pero precisamente por eso hay límites muy claros que no deben cruzarse.

A veces las señales empiezan siendo pequeñas: una caricia innecesaria, un comentario ambiguo, la excusa de “ensayar un beso” o cualquier gesto que no tiene relación con la enseñanza.

No son detalles sin importancia. Son señales. Y conviene reconocerlas a tiempo, porque el abuso de poder en los entornos artísticos suele empezar así: normalizando lo inapropiado.

Un maestro puede corregir una postura, indicar una posición o explicar una escena. Pero nunca debería crear situaciones de intimidad forzada ni pedir algo que incomode al alumno. La autoridad pedagógica no se basa en el miedo ni en la confusión.

Se basa en el respeto.

Y aprender a identificar esas señales también forma parte de la formación en cualquier disciplina artística. En todo caso, no debes avergonzarte, debes evitarlo y protegerte a través de las vías adecuadas: tu familia y la dirección del centro.

10. Señales que no debes ignorar

11. Lo que no se aprende en el aula

La ley del escenario
Tema: el espectáculo nunca se detiene

En el espectáculo existe una regla que no aparece en ningún contrato ni en ninguna academia: el público no debe percibir las dificultades. Una pestaña postiza que se pierde en un cambio rápido. El peligro de un suelo inadecuado. Un pantalón que se rompe en mitad de un número. Un tirante que se suelta en el peor momento.

Improvisar.

Cubrir a un compañero con una mirada. Contar los pasos si la música se detiene. Continuar cantando a capella. Salir a vomitar y volver al escenario como si nada hubiera ocurrido.

Todo eso forma parte del derecho a ser considerado profesional.

También ayudar a alguien con quien acabas de discutir, porque en escena la rivalidad se suspende. Durante unos minutos el equipo funciona con otra lógica: nadie puede quedarse atrás. Con cambios rápidos, escaleras interminables, maquillaje a medias y alfileres olvidados en el vestuario. Con sueño, con fiebre o con una bolsa de hielo y vendajes esperando en el camerino.

El público ve magia.

Pero detrás hay algo mucho más importante: una pequeña tribu que se sostiene mutuamente para que el show continúe. Ese tipo de cosas no se ensayan en clase. Forman parte de una educación invisible que solo aparece en la experiencia del escenario: la capacidad de improvisar, la responsabilidad con el equipo y el instinto de proteger el espectáculo por encima del propio ego.

Por eso la profesión artística no se adquiere únicamente estudiando. Se adquiere viviéndola. Con sueño, con nervios, con tacones imposibles, con cambios de vestuario frenéticos, con errores y con aplausos. Y sobre todo con una regla muy necesaria que todos aprenden tarde o temprano: el show continúa.

12. Fama no es carrera

Cuando la visibilidad se confunde con talento
Tema: la diferencia entre popularidad y profesión artística

En los últimos años ha surgido una confusión curiosa en el mundo del espectáculo: la visibilidad se toma por talento. Que alguien tenga millones de seguidores no significa que sea artista. Un artista no se construye en un plató rodeado de iluminación, coreografía, estilismo y un equipo que sostiene cada movimiento.

Se construye en los ensayos, en los castings, en los fracasos y en la paciencia de quien se forma durante años sin garantías de éxito.

El problema no es que una persona popular participe en un programa de televisión. El problema aparece cuando empezamos a llamar “gran artista” a cualquiera. Porque mientras tanto hay miles de jóvenes que estudian, trabajan y se preparan seriamente para una profesión muy exigente.

El escenario es un lugar donde la trayectoria se reconoce con el tiempo.

La fama, en cambio, puede aparecer en una tarde.

Y desaparecer con la misma rapidez.